Barcelona — 2022
Hilo Roto
vaqueros de contenedor, piezas únicas numeradas
Hilo RotoBarcelona, 2022
Descoser Barcelona: así remonta Hilo Roto los vaqueros que nadie quiere
Aina Roig recoge vaqueros de mercadillos y contenedores textiles y los desmonta pieza a pieza para volver a montarlos en prendas numeradas que no se repiten. Visitamos su taller del Poblenou en plena Ronda 04, la entrega más ambiciosa de una marca que se niega a comprar tela nueva.
- Texto
- Clara Bermúdez
- Fecha
- 18 de junio de 2026
- Lectura
- 5 min de lectura
Nocompramostela.Larecogemosdondenadielaquiere:contenedores,mercadillos,cajasdefindetemporada.Cadavaquerollegaconsudesgasteysuhistoria,ynosotrasloabrimosenteroparavolveramontarlo.Costurasvistas,númerosamano,ningunapiezaigualaotra.Romperparavolveracoser.
El taller de Hilo Roto ocupa un bajo del Poblenou entre un almacén de mármol y un bar que cierra a las cinco. Lo primero que se ve al entrar no es ropa, son montañas: vaqueros apilados por tono, del azul casi negro al desteñido de piscina, algunos todavía con la pegatina del precio del mercadillo en la cinturilla. Aina Roig, que fundó la marca en 2022, los coge uno a uno y los abre por las costuras con una cuchilla de descoser. No los corta, los desmonta. Un vaquero tiene entre doce y catorce piezas de patrón y ella las quiere todas, incluidas las trabillas.
Roig tiene 34 años, estudió patronaje en Barcelona y pasó tres en el departamento de desarrollo de producto de una cadena que prefiere no nombrar. Salió, cuenta, con la sensación de haber diseñado cosas pensadas para aguantar dos lavados. Lo que hizo después fue casi lo contrario: alquiló este bajo con una amiga, compró una Singer industrial de segunda mano y se fue a los Encants con una maleta vacía. Volvió con cuarenta pantalones. De esos cuarenta salieron las once primeras piezas de Hilo Roto, vendidas entre conocidos y en un puesto de un mercado de diseño del barrio. Cuatro años después la marca funciona con la misma lógica y casi con la misma maquinaria; lo que ha cambiado es la escala, y tampoco tanto.
Materia prima de contenedor
La tela de Hilo Roto no se compra. Llega de tres sitios. El primero son los mercadillos de la ciudad: los Encants, el dominical de Sant Antoni y algún rastro de barrio donde los vendedores ya guardan a Roig el género que no consiguen colocar porque está roto o manchado. El segundo son los contenedores textiles: la marca tiene un acuerdo con una entidad social que gestiona la recogida en varios distritos y le cede el denim que no pasa el filtro para reventa, que es mucho. El tercero es la gente. Desde 2024 se puede dejar en el taller una bolsa con vaqueros viejos a cambio de un descuento en la siguiente compra. Roig los revisa todos con la misma pregunta: composición. Busca algodón cien por cien o casi, rechaza cualquier cosa con más de un dos por ciento de elastano porque no aguanta el desmontaje, y clasifica por peso, del denim ligero de camisa al de catorce onzas de un pantalón de obra.
Un vaquero con la rodilla reventada vale más para nosotras que uno impecable. Ese roto ya cuenta algo. Yo solo tengo que decidir dónde va a caer en la prenda nueva.
El proceso tiene poco misterio y mucho trabajo. Cada pantalón se lava, se descose entero y se plancha por piezas. Perneras, canesús, bolsillos, cinturillas y braguetas se guardan en cajas separadas, ordenadas por tono. Después el patrón se dibuja directamente sobre lo que hay: si una pernera da para el delantero de una chaqueta, se usa; si no, se une a otra y la unión se deja a la vista. Ahí está la firma de la casa. Las costuras de Hilo Roto no se esconden nunca. Los márgenes van hacia fuera, rematados con overlock en hilo crudo o naranja, y los bordes originales de los bolsillos se respetan aunque no cuadren. Cada prenda terminada lleva un número bordado a mano en el interior y una etiqueta de algodón con la procedencia del material escrita a bolígrafo: tres vaqueros, Encants, marzo de 2026.
Números, no tallas
Aquí trabajan tres personas. Roig, que diseña y descose; Dolors Vila, costurera de 61 años que se pasó media vida en una fábrica de género de punto de Mataró y ahora monta la mayoría de las piezas; y un aprendiz que rota cada seis meses y sale de una escuela de moda de la ciudad. Todo se hace en este bajo. No hay tallaje convencional: cada prenda mide lo que el material permitió, y en la web se publican las medidas de pecho, cintura y largo de cada número para que quien compre sepa exactamente qué le llega. Los precios van de los 160 euros de una falda de paneles a los 420 de un abrigo. Se vende online, en una tienda de Gràcia y otra en Malasaña, y un sábado al mes el taller abre puertas: traes tus vaqueros y te vas con un encargo apuntado en la libreta. Producen unas cien piezas al año. Podrían hacer más, dice Roig, pero no sin comprar tela, y eso está fuera de la conversación.
La última entrega se llama Ronda 04, porque en Hilo Roto no hay colecciones sino rondas, y son 38 piezas presentadas en abril en un aparcamiento de Sants con amigos haciendo de modelos y un altavoz portátil. Es lo más ambicioso que han hecho. Hay chaquetas de trabajo cuyo cuello es una cinturilla entera, con botón y ojal incluidos; faldas largas montadas con perneras alternas de tres azules distintos; un abrigo hasta el suelo hecho con nueve pares de bolsillos traseros que ya tiene lista de espera; y por primera vez ropa pensada para estar en casa, unos pantalones anchos de denim ligero de camisa que pesan la mitad que un vaquero. Toda la ronda es azul. No tiñen, no decoloran, no lijan. El desgaste que se ve es el que traía el material, y por eso no hay dos piezas ni parecidas.
No queremos crecer hasta necesitar tela nueva. El día que compremos un metro de denim virgen habremos dejado de ser Hilo Roto y seremos otra cosa, probablemente peor.
Lo que viene está a medio hacer, como casi todo en el taller. Están probando con una lavandería de Sabadell acabados sin agua para el denim más rígido, quieren publicar en abierto los patrones de la primera ronda para que cualquiera pueda remontar sus vaqueros en casa, y Roig lleva meses hablando de un segundo taller en el Baix Llobregat que no sabe todavía si abrirá. Mientras tanto la montaña de la entrada sigue creciendo cada semana, y ese es en realidad el único plan de negocio: mientras Barcelona siga tirando vaqueros, Hilo Roto tendrá con qué trabajar.