A Coruña — 2018
Trama
lana gallega tejida en los últimos telares
TramaA Coruña, 2018
Los últimos telares de A Coruña siguen sonando en una nave de A Grela
Trama compró al peso las máquinas de una fábrica textil que cerraba y las puso a tejer lana de oveja gallega. Ocho años después hace abrigos que pesan lo que tiene que pesar un abrigo.
- Texto
- Lucía Barreiro
- Fecha
- 26 de marzo de 2026
- Lectura
- 5 min de lectura
Tejemosconloquequedaba:cuatrotelaresquenadiequeríaylalanadeovejasquepastanamediahoradeaquí.Nohacemosabrigosparaunatemporada,hacemosabrigosquepesan,queabrigandeverdadyquedentrodeveinteañosseguiráncolgadosenunpercherodeACoruña.
tá en A Grela, el polígono que A Coruña levantó en los sesenta y que hoy es una mezcla de talleres de coches, almacenes de reparto y persianas bajadas. Dentro, cuatro telares mecánicos de 1974 golpean con un ritmo que se oye desde la acera. Xiana Freire, 38 años, camina entre ellos con un cuaderno en la mano y apunta algo cada pocos metros de tela: una tensión, un hilo que se ha soltado, un cambio de tono en la lana. Nadie diría que hace ocho años esto era chatarra con fecha de desguace.
Trama nace en 2018 con el cierre de una fábrica textil de la ciudad, de esas que tejían para las grandes marcas gallegas y que fueron cayendo una detrás de otra cuando la producción se marchó fuera. Freire había hecho allí las prácticas de la carrera y después había pasado seis años en desarrollo de producto para un grupo de la zona. Cuando supo que los telares se vendían al peso, los compró con un préstamo, un socio que ya no está y la promesa de un antiguo tejedor de la fábrica de enseñarle a hacerlos funcionar. Lo demás fue ir arreglando piezas que ya no fabrica nadie y buscar recambios en naves cerradas de Portugal y del norte de Italia.
Cuatro telares y una nave
Los telares son de lanzadera, lentos y ruidosos, y producen unos treinta metros de tejido al día si no se rompe nada. Manolo Souto, que los manejó durante veinticinco años en la fábrica original, viene tres mañanas por semana y es quien sabe, de oído, cuándo un hilo va a saltar. Freire ha aprendido lo básico y ha formado a dos personas más, pero reconoce que hay una parte que solo se aprende con décadas encima. Cada rollo sale con una etiqueta escrita a mano: número de telar, fecha, partida de lana y quién estaba a los mandos. Esa etiqueta acaba cosida en el interior del abrigo.
Podríamos comprar tela italiana preciosa y coser abrigos igual de buenos en la mitad de tiempo. Pero entonces seríamos otra marca más. Lo que tenemos aquí no lo tiene nadie: la máquina, la lana y la gente que sabe usarlas, todo en cuarenta kilómetros.
La lana viene de la ovella galega, una raza autóctona pequeña, de vellón basto, que estuvo a punto de desaparecer y que sobrevive gracias a ganaderías de las montañas de Lugo y Ourense. Es una lana áspera, con carácter, poco apta para llevar pegada a la piel pero muy buena para exterior: repele el agua, abriga y no se deforma con los años. Trama la compra directamente a una decena de ganaderos, la manda a lavar a Portugal, porque en Galicia no queda un solo lavadero de lana industrial, y la hila en Béjar. Para los abrigos la mezclan con un porcentaje de merino español que suaviza el tacto; para mantas y capas la usan pura, sin teñir, en los tonos que dan las propias ovejas: crudo, gris ceniza y un marrón casi negro que Freire llama, sin más, color oveja.
Caída de escultura
El resultado es un tejido denso, de entre 600 y 700 gramos por metro, que Freire corta en patrones con muy pocas costuras. Los abrigos de Trama no llevan forro y se sostienen solos: colgados parecen tener volumen propio, puestos caen rectos y pesan en los hombros como debe pesar un abrigo de invierno en la costa atlántica. La confección se reparte entre un taller en la misma nave y otro en Ferrol, con seis costureras que llevaban años cosiendo prendas de exterior antes de que existiera la marca. Producen unas ochocientas piezas al año y no hay planes de multiplicar la cifra: los telares no dan para más y Freire no quiere comprar tela fuera para crecer. Las tallas van de la XS a la XL sin cambiar el patrón, solo la escala.
Un abrigo nuestro cuesta lo que cuesta porque cada metro ha pasado por seis pares de manos que cobran un sueldo digno. Cuando alguien me pregunta por qué no lo hacemos más barato, le enseño la nave. Ahí está la respuesta.
La última colección, presentada en enero bajo el nombre Nordés, es la más corta que han hecho: once piezas, todas en tejidos sin teñir salvo un abrigo largo en un azul conseguido con índigo. Hay un chaquetón de tres cuartos con cuello alto que en marzo ya iba por la segunda tirada, una capa cerrada con dos alamares de cuerno y un abrigo largo con la espalda de una sola pieza que necesita un metro y medio de ancho de telar y solo sale de una de las cuatro máquinas. También estrenan una versión más ligera para entretiempo, en lana galega y lino de la zona de Ribadeo, pensada para quien vive junto al mar y no quiere elegir entre pasar frío por la mañana y calor a mediodía. Todo se vende en su web, en la propia nave los sábados y en tres tiendas contadas: Madrid, Bilbao y Oporto.
Lo que viene está pensado a la escala de la nave. Freire quiere poner en marcha un quinto telar que lleva años en un rincón, contratar a alguien joven que aprenda de Souto antes de que se jubile del todo y abrir el proceso a visitas para que se entienda de dónde sale un abrigo de 900 euros. Nada de eso es espectacular, y precisamente por eso funciona: Trama no está intentando reinventar la moda gallega, solo evitar que una parte de ella se apague sin que nadie se dé cuenta.