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Vestido de ceremonia en seda rosa empolvado fotografiado al aire libre

Valencia2021

Nácar

sedas rescatadas para días que se recuerdan

NácarValencia, 2021

Nácar corta ceremonias con las sedas que la industria valenciana dio por muertas

En un segundo piso de Russafa, Aina Soler convierte fines de rollo y encajes descatalogados de las fábricas de Ontinyent y Alcoi en piezas de ceremonia que no se parecen a un vestido de novia. Nada se repite y todo se cose a menos de media hora del taller.

Texto
Lucía Beltrán
Fecha
2 de julio de 2026
Lectura
5 min de lectura
Manifiesto

Trabajamosconloqueyaexiste:sedasyencajesquelaindustriadioporperdidosvuelvenateneruncuerpo,undíayunarazón,cortadosenValencia,sinprisaysinrepetir.Nohacemosvestidosdenovia,hacemospiezasparaceremoniasqueserecuerdan,porqueloquesobratambiénpuededurar.

El taller de Nácar está en un segundo piso de Russafa, encima de una tienda de telas que cerró hace años y todavía conserva el rótulo. Cuando llego, Aina Soler está de rodillas sobre una mesa de corte de cuatro metros, midiendo un retal de crepé de seda color hueso que ha llegado esa misma mañana desde una fábrica de Ontinyent. Hay veintitrés metros. "Es todo lo que queda de este tejido en el mundo", dice sin dramatismo, como quien lee una etiqueta. Con eso saldrán dos vestidos, quizá tres si el patrón se porta bien. Después, ese tejido deja de existir.

Nácar nació en 2021, cuando Soler, que había pasado seis años patronando para una firma de novia valenciana de las de escaparate grande, se hartó de dos cosas a la vez: del vestido de novia como disfraz de un día y de la cantidad de tela buena que veía irse a contenedores. La Comunidad Valenciana tiene todavía una industria textil real —Ontinyent, Alcoi, Crevillent— y esa industria genera stocks muertos: fines de rollo, colores descatalogados, pedidos cancelados, encajes de colecciones que nadie volvió a pedir. Soler empezó comprando esos restos por kilos. Hoy son la base de todo lo que hace.

Lo que queda en el almacén

El material dicta la marca, no al revés. Nácar trabaja con sedas naturales —crepé, satén duquesa, organza, mikado— y con encajes de bolillo mecánico y guipur que salen de dos fábricas de la zona de Alcoi que ya no los producen. Ninguna referencia se repite: cuando un rollo se acaba, se acaba. Eso obliga a un catálogo raro para una firma de ceremonia: no hay un modelo que se pueda pedir en la talla que sea y en el color que sea. Hay patrones, unos quince que Soler ha ido depurando, y hay un archivo de tejidos que cambia cada mes. La clienta elige el corte y luego se sienta con ella delante de las estanterías a ver qué hay. Muchas veces el vestido acaba mezclando tres o cuatro sedas de orígenes distintos, y esa es precisamente la textura de la casa.

Chaqueta de sastrería color hueso con una rosa en la solapa
Chaqueta de sastrería color hueso con una rosa en la solapa

No vendo el sueño del vestido blanco. Vendo una pieza que existe porque un tejido sobrevivió, y a la gente que viene aquí eso le importa más que el tul.

Aina Soler

El proceso es lento por diseño. Antes de cortar, cada tejido pasa por un lavado y un test de encogimiento, porque un stock muerto puede llevar diez años en una estantería y comportarse de forma imprevisible. Los encajes se revisan a mano, centímetro a centímetro, para descartar zonas amarilleadas o con manchas de óxido de las grapas de los rollos. Lo que no sirve para un vestido se guarda para forros, bolsillos interiores o las bolsas de tela en las que se entrega cada pieza. Soler calcula que aprovecha alrededor del 90% de lo que compra; el resto va a una cooperativa de Alicante que hace relleno con fibra recuperada. Un vestido de Nácar lleva entre seis y ocho semanas de taller y dos pruebas presenciales. No hay tallaje estándar porque con este material no tendría sentido.

Coser a veinte kilómetros

Todo se hace en un radio corto. El taller de Russafa corta y prueba; la confección de las piezas más complejas la comparte con dos costureras autónomas de Torrent que trabajaron durante décadas para la industria de novia local y se quedaron sin encargos cuando la producción se marchó fuera. Los tintes, cuando hacen falta para unificar un lote de sedas, los hace una tintorería artesanal de Paterna con procesos de baja temperatura. Soler es tajante con esto: no le interesa producir en otro sitio, ni siquiera dentro de España, porque la lógica de la marca —recuperar lo que la industria valenciana dejó atrás— se rompería si la costura se fuera lejos. También es una cuestión práctica: cuando trabajas con veintitrés metros de algo irrepetible, quieres tener a la persona que lo cose a media hora en coche.

La última colección, presentada en junio en un antiguo secadero de arroz de la Albufera, se llamaba Estiu de sal y era la más alejada del vestido de novia clásico que ha hecho la firma. Vestidos columna en crepé de seda color arena, un conjunto de pantalón ancho y top de guipur pensado para una boda civil, una capa corta de organza que se lleva encima de cualquier cosa y una pieza que unía tres encajes distintos de la misma fábrica de Alcoi cosidos como si fueran uno. Nada de cola, nada de corsé. Había también, por primera vez, piezas para invitadas y para ceremonias que no son bodas: una comunión laica, un bautizo, unas bodas de plata. Casi todo iba en tonos rotos —hueso, marfil, arena, un rosa muy apagado— porque esos son los colores que aparecen en los stocks: el blanco óptico se agota, el hueso sobra.

El blanco puro casi nunca llega al almacén de sobras. Lo que sobra es lo que nadie eligió, y a mí eso me parece un buen punto de partida para vestir a alguien un día que va a recordar.

Aina Soler

Nácar sigue siendo una estructura mínima: Soler, una ayudante de taller a media jornada, las dos costureras de Torrent y una lista de espera que ya llega a la primavera que viene. No quiere crecer mucho más y lo dice sin pose: el techo lo pone el material, y forzar la máquina significaría comprar tejido nuevo, que es justo lo que no quiere hacer. Lo que sí está en marcha es un archivo público de los stocks que va localizando, para que otras firmas pequeñas puedan comprarlos antes de que acaben en el vertedero, y una línea de arreglos y transformaciones para vestidos de novia heredados. Mientras tanto, los veintitrés metros de crepé de Ontinyent ya tienen dueña. Se casa en septiembre, en Xàtiva.